"Estoy a favor de los derechos de los animales al igual que de los derechos humanos. Es la única manera de ser un humano completo".

- Abraham Lincoln


En algún lugar, bajo la lluvia, siempre habrá un perro abandonado que me impedirá ser feliz.

lunes, 28 de marzo de 2011

LA NIÑA DE LA SELVA


Tippi Degré, nació el 4 de junio de 1990, en Namibia. Hija de padres de origen francés, Alain Degré y Sylvie Robert, ambos trabajaban en Namibia realizando reportajes fotográficos para una empresa francesa.

Tippi, a medida que crecía, supo adaptarse a los medios que le rodeaban, y no sólo se adaptó, sino que supo entablar un mágico vínculo con los animales, hasta tal punto, que fue objeto de gran cantidad de reportajes y documentales.

Durante su estancia en Namibia, entabló amistad con una multitud de animales salvajes, entre ellos un elefante de 28 años de edad, un leopardo apodado JB, cocodrilos, leones cachorros, jirafas, y camaleones.
Pero aún más increíble aún, fue los lazos que creo con los “Bosquimanos” y los “Himba“, tribus de la zona del Kalahari que le enseñaron su lengua y sus grandes secretos de supervivencia, a base de una selecta alimentación de nutritivas raíces. A medida que pasaba el tiempo, la amistad entre los Bosquimanos y la pequeña niña era más fuerte.

Tippi más tarde se trasladó con sus padres a Madagascar y, a continuación, a Francia, donde se convirtió en una celebridad. Un libro de sus aventuras llamado “Tippi en Africa“, fue publicado y traducido en varios idiomas. Regresó a Africa para hacer seis documentales de naturaleza para el Discovery Channel.


Para Tippi Degré, conocida como la niña Mowgli de la vida real, su pertenencia a un lugar concreto no está resuelto todavía. Aunque hace ya varios años que dejó la selva africana donde creció para irse a vivir al “pueblo de los hombres” de París, esta adolescente francesa aún está intentando descubrir su lugar en el mundo.

Hoy, a sus 19 años, Tippi estudia cine en la Sorbona, y sigue luchando por conciliar los dos mundos tan distintos en los que ha vivido. “Tuvo una infancia extraordinaria en África”, asegura su madre, Sylvie Robert. “Era un lugar mágico que para ella representaba la felicidad perfecta. Pero cuando tuvo que trasladarse a París para estudiar, todo cambió. Creo que sintió como si África le hubiera sido arrebatada injustamente, y eso le causó mucho dolor y una profunda tristeza. Nunca se quejó ni habló de ello. Fue sólo como si algo en su interior se hubiera derrumbado”.

Y añade: “Su primera reacción fue sentirse asfixiada por la falta de espacio en la ciudad. Me decía: ‘Mamá, las calles entre los edificios son muy estrechas. No puedo ver el cielo’. En África nunca temí por ella, porque estaba acostumbrada al entorno y a las reglas de la vida salvaje, pero la vida urbana está llena de peligros”.

Las fotos que le hicieron a su hija de pelo rebelde durante sus viajes por el sur de África —jugando con animales salvajes, corriendo desnuda por las dunas del desierto y cazando con los bosquimanos sin más ropa que un diminuto taparrabos— fascinaron al mundo entero.


Al igual que Mowgli, el héroe del clásico de Rudyard Kipling El libro de la selva, a quien se parecía mucho, Tippi era una niña de la naturaleza. Sus patios de juego eran el bosque y el desierto, y sus amigos, los grandes felinos, los elefantes, las serpientes, los avestruces y otros animales.

Tippi encontraba felicidad en todo: en sus experiencias en África, en los animales; se sentía tan feliz con las gallinas como con un guepardo. No podía entender que su vida en África hubiera terminado. Cuando por fin lo comprendió, no quiso hablar más del asunto. Trató de olvidar porque los recuerdos le resultaban demasiado dolorosos”.

Tippi ya había ido a colegios franceses durante las vacaciones y cuando sus padres viajaban con ella a Francia para vender sus fotografías y videos; también había tenido una profesora en Madagascar, pero nunca había terminado un año académico. “Te puedes imaginar lo que pensaba de la escuela”, dice Sylvie, riendo, y enseña una foto de la niña tras un escritorio, con su estuche de lápices y sus libros ordenados con precisión matemática. No sonríe. Es más, casi frunce el ceño.

“Ir al colegio todo el día fue muy duro para ella”, explica Sylvie. “Aunque nunca ha sido engreída, en su mundo natural de animales salvajes ella era ‘Tippi de África’. París no era su mundo, así que trató de desaparecer. Los informes escolares decían que no participaba, que no hablaba. Se sentaba lejos de los demás niños”.

Se sentía ajena a ese lugar y le resultaba difícil hacer amigos. Su idílica vida en el bosque parecía muy lejana. En My Book of Africa, Tippi dice: “Toda la gente tiene problemas. Yo no tuve ninguno cuando vivía en África”.

También recuerda: “Cuando me fui a vivir a Francia, traté de hablar con los gorriones, los perros, las palomas, los gatos, las vacas y los caballos. Pero no pude. No sé por qué. Creo que es porque mi verdadero país es África, y no Francia”.

Tippi realmente echaba de menos a los animales”, dice Sylvie. “Corría detrás de cualquier animal vivo que viera en la calle. Incluso atrapaba y acariciaba a las sucias palomas”.

“Un día”, añade, señalando un rincón del salón, “encontró allí un ratón moribundo y me suplicó que la dejara sujetarlo. El animalito murió en sus manos. Fue horrible. La separación de su vida anterior fue drástica, pero era inevitable. Tenía que ir a la escuela. Yo quería lo mejor para ella”.

Sylvie dice que su hija no sabe muy bien adónde pertenece, ni tampoco quién es. “Cuando mira las fotos y las películas de África, ella y su mundo entran en armonía”, señala. “Eso no lo tiene aquí. En el fondo de su corazón sigue siendo la misma niña, pero al mirarse en el espejo se da cuenta de que ya no es como Mowgli, y se pregunta: ‘¿Quién soy?’ Creo que una parte de Tippi también tiene miedo porque sabe que, aunque regresara a África, ya no sería igual”.

Sylvie se queda en silencio, y justo entonces Tippi entra en el salón. Es una chica delgada, lleva camisa y pantalón blancos, y parece de menor edad de la que tiene. Se vuelve hacia una jaula para regañar a sus dos periquitos —Bozo y Angie— por chillar demasiado fuerte; luego mira por la ventana y dice que ojalá no la multen por aparcar mal su moto. Dos símbolos de dos mundos diferentes; es la historia de su vida.

Hace años, cuando Tippi llegó a París por primera vez, le preguntaron su nacionalidad, y ella contestó que era africana. Hoy su respuesta es la misma. “Soy africana”, afirma. “Es algo que siento en el fondo de mi corazón y para toda la vida. No tiene nada que ver con la nacionalidad”.

Su madre apunta: “No sé qué hará Tippi, pero me parece imposible que su vida no la lleve de vuelta a África. Estoy segura de que volverá. Su corazón está allí; es inevitable. Es el lugar al que pertenece”.


Aquí les dejo dos videos alucinantes de Tippi




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