"Estoy a favor de los derechos de los animales al igual que de los derechos humanos. Es la única manera de ser un humano completo".

- Abraham Lincoln


En algún lugar, bajo la lluvia, siempre habrá un perro abandonado que me impedirá ser feliz.

martes, 1 de febrero de 2011

Una iguana con suerte



Dos años atrás nos encontrábamos de vacaciones con mi marido y mis hijos en Esmeralda, para ser más específica en Playa Almedro, lugar al que considero mi segundo hogar. Como todas las mañanas luego de un buen desayuno, dejar a mis gatos en la habitación con aire acondicionado y mucha agua, nos disponíamos a bajar a la playa bañados en bloqueador.
Todo iba bien, yo me encontraba botada bajo la carpa con 7 meses de embarazo y como diría mi marido “como Guagsa” (especie de reptil), mis hijos hacían castillos en la arena y mi marido intentaba leer un libro con un ojo puesto en ellos.

De pronto a lo lejos (nada que hacer…. No hay duda que a mi se me cruzan) vimos a dos tipos, uno de ellos venia con algo en la mano, mientras que el otro le golpeaba con un palo.
Me levanté de un salto y con mi “súper vista” le pregunté a mi marido qué es lo que él veía y que si es algún animal habría que ir a ayudarlo, a lo que el me contestó (para que no me preocupe ni me estrese por el embarazo) que no era de verdad, que era de plástico.

Claro está que no le hice mucho caso y  comencé a caminar (correr) hacia ellos… con un suspiro y  mirando hacia arriba se levantó detrás de mí y me acompaño. Cuando llegamos donde estos tipos, se trataba de una iguana a la que habían capturado y que pensaban venderla como comida.
Palabras iban y palabras venías, se habló de que se trata de una práctica ilegal (que ni tan ilegal es ya que no existe una ley de protección animal), se habló de que es una especie protegida (si, las de Galápagos) y a la final lo que ellos decididamente querían era venderla al mejor postor…
-       Cuanto por la iguana? Fue mi siguiente carta
-       Cinco dólares, respondió uno de ellos

Nuevamente, corrí hacia mi bolso y regresé con cinco dólares.

En ese momento teníamos otro problema, que íbamos a hacer con ella…
Mi marido le desamarró la soga que tenía al cuello y tal cual perro faldero la llevó en sus brazos. Ella se encontraba tranquila, no hizo ningún movimiento brusco y se dejó llevar a su suerte.
Cuando llegamos a Playa Almendro, lo primero que hicimos es hablar con nuestros muy buenos amigos Santi y Mariu y ellos nos explicaron que esta es una práctica común y que si queríamos la dejáramos en uno de los árboles de ahí adentro donde muchas iguanas conviven.

Ella se encontraba desorientada y eso lo supimos no solamente por los palazos  que recibió sino porque de otra manera no hubiéramos podido llevarla con la tranquilidad con la que lo hicimos. El hecho es que la subimos en el árbol y poco a poco vimos como ella desaparecía.

Yo no puedo ver a una iguana como alimento, ni siquiera un pato o un conejo y casi casi ningún animal. Son otras costumbres, necesidades, y formas completamente distintas de ver la vida. Ese día más que ayudar a una de ellas, me ayudé yo.


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